jueves, 5 de marzo de 2015

LO POSTERIOR DE LO QUE NO EXISTE / Un cuento de José Ignacio Restrepo


EL HILO INVISIBLE


Cada tercer día baja por la calle de los Libertadores, cruza la plaza y se asoma hasta el Muro de los Héroes para ver esa placa de mármol con su apellido y el de su difunta esposa luego del nombre de su hijo, en el doceavo renglón tallado a pulso que dice que doce que se fueron de aquí a luchar por quejas de otros murieron en medio del bramido inacabable de las balas.

Nunca trajeron su cadáver. Probablemente porque explotó ante cargas inmensas de metralla o porque quedó atrapado entre un muro y la cadena de un tanque. O porque recibió un bombazo de un avión que no podía verlo pero que sabía que estaba por ahí. O por la salva infame de un mortero que solo busca algo que se oponga para llenarlo de huecos. Doce se marcharon, ninguno regresó con vida. Es la evidente prueba de que la guerra es un laberinto donde solo van los que no tienen otro camino que andar, ante todo porque su destino puede ser allanado por otros, hombres con poder que no tienen respeto por los demás y no les importa nada ver sus vidas o sus muertes llenas de infortunio.

Camina después por la calle Mayor, descubriendo que no han cambiado mucho las edificaciones que moran aún en sus recuerdos. Eso sí, los letreros son distintos y también los negocios, seguramente porque han pasado de padres a hijos y de estos a gente diversa, de esa que ha llegado acá después de la guerra atraída por las propiedades en buen estado a un precio favorable. También por el mar, ese lugar que aman los poetas.

Llega. Abre al público la sastrería que siempre ha tenido y tuvo antes de él su padre. Siempre le ha gustado el nombre. El Hilo Invisible. Nunca supo bien porque su padre la llamó de ese modo y ha sido motivo de elucubraciones y de conversaciones con clientes muchas veces. Incluso inspiró alguna vez una crónica en el mentidero del pueblo, que de seguro pocos alcanzaron a leer. El Hilo Invisible es aquel que todo buen satre usa para llevar a cabo su trabajo. No puede ser visto por quien lo ordenó y es la muestra de que el sastre cose de una manera tal que nunca tendrá que removerlo.

En la soledad casi permanente de la sastrería, mantiene además de ésta, otros cientos de elucubraciones sobre temas de todo tipo, que permanecen abiertas para ser visitadas en cualquier momento o ante diversos estímulos, tan variados e inexplicables como aquellos que suscita el paso de los recuerdos a cualquier hora, frente a la puerta abierta de su negocio sobrevivido.

Se prepara un café con dos cucharadas de azúcar. Mientras lo bebe, sabiendo que es el primero de los cuatro que se permite tomar a lo largo del día, elabora otra vez esa especie de oración que su cerebro traslada a la conciencia, para que Dios venga a asomarse allí y confirme que él le sigue dando las gracias por un día más de vida, pese a la lepra de las horas que, en su trámite indomeñable, le ha ido quitando más que dando.

Terminado el café se asoma al cajón de lo que tiene que terminar. No hay nada, ningún encargo con pedido urgente, señal de que este negocio suyo está cayendo poco a poco en el olvido. Ya no será El Hilo Invisible. Será El Hilo Olvidado...no es un buen nombre para una sastrería. Esos hilos que se quedan por ahí afeando el traje y obligando a cualquier cercano a pedir diculpas por el gesto, y apartarlo rapidamente del traje, no suman nada. Menos esos hilos olvidados, que sabemos que están en alguna parte, en alguno de los cajones, pero no podemos encontrar, y justo hoy, María Santísima, son urgentemente necesarios.

Elucubremos, a solas incluso, y en mitad del vacío laberinto de las horas, pero hagámoslo por una nota menos pueril e innecesaria que esta banalidad. ¿Y cuál tema de estos que aún posee tiene el ribete de importante? ¿Cuál? No tiene realmente que preguntar...

Samuel tendría entonces 34 años, si la guerra lo hubiera dejado sumar sus días con sus horas, a la simple manera que lo hacen kurdos, ladrones y cristianos. Y obviamente todos los demás. Tanta gentuza logra completar ese tiempo, sin siquiera recibir un rasguño en el cuero. No puede entender cómo no pudo oponerse a que se lo llevaran, a que mataran su única semilla como si fuera un pobre cervatillo que no tiene otro oficio que andar la encrucijada que le pusieron otros. Ese pecado ha venido cargándolo desde su muerte, y cada día le pesa más. Tanto, que cuando entra timidamente en los pasillos donde está guardado, esperándolo, el sagrado nombre de su hijo, no suena el eco de una bala, ni está pintada la palabra destierro y mucho menos cualquiera de las acepciones de la palabra olvido. Solo hay flores por todas partes, respeto ante sus fotos replicadas exactamente de las que están aún en pasillos y alcobas de la casa. Entre los vericuetos de sus inflamados escrutinios, se encuentra a cada rato con un Samuel niño, púber, adolecente. A veces lo ha visto vistiéndose frente al espejo, tiene una barba rojiza y el cabello casi al rapé. Sonríe, como si se acicalara para ir a cumplir una cita. ¿Cómo será ella, Dios mío? Ha de ser de una clasica belleza, con ojos ni claros ni oscuros, pero profundos como aquellos de su madre, que solía mirar sin ninguna dificultad en los pozos que nunca llenamos entre la hierba crecida y desigual, que rodea los muros del alma.

JOSÉ IGNACIO RESTREPO Copyright ©

martes, 3 de marzo de 2015

TRÍPTICO / Un cuento de José Ignacio Restrepo

EL PUERTO


Parece un animal moribundo puesto acá por ideas juveniles, que ahora está pasando su larga ancianidad ante los profusos embates de las olas que no logran conmoverlo ni lo abaten. Es una construcción llena de recuerdos tambaleantes, que son tantos y tan antiguos como los que transitamos aún por él, es decir, pocos para no faltar a la verdad. En días cómodos, cuando el verano no hace del sol una cosa infame que quema las cabezas calvas e impide ordenar el más simple pensamiento, suelo ir a medirlo nuevamente, a demostrar cómo cambia la fuerza y la salud contando los pasos sobre él. Últimamente no hago ni eso, me falla la memoria, el seso, y siento rabia por no cumplirle trayéndole recuerdos menoscabados e incompletos hasta la estúpida baranda de la conciencia.
Hubo aquí mucho ferroníquel. Dijeron que no acabaría nunca, pero el deseo de tener casi siempre inspira en algunos la mentira, piadosamente a lo ancho y tontamente a lo largo. Se terminó y con ello se fueron casi todos. Lo intentaron algunos turistas, pues el coloniaje en nuestro pueblo dejó construcciones hermosas que sin embargo los años han ido destruyendo, hasta los relojes que lo miden saben que el tiempo todo lo marchita. Y el largo muelle junto con los edificios del puerto se fue quedando a solas, para que los domingos los que ya éramos abuelos lleváramos a los críos que nos dejaron nuestros hijos fugitivos, y así ensayar allí esas historias de riquezas perdidas, de barcos hundidos, de piratas y famosas tormentas.
Hasta que los nietos también quisieron irse, para hacer sus propias tentativas...Por eso la memoria fascinada ha ido perdiendo sal y empuje, no hay a quien para versar de cosas tontas, ni parientes que compartan el beneficio de lo vivido. Solo retóricas largas, incesantes, sobre las cosas marchitadas, las perfidias que no merecimos, el sepulcro del mar que poco a poco lo está derribando todo, como el tiempo a mí, a mi deseo de levantarme, de caminarlo una que otra vez, de perderme entre nostalgias vaciadas y referendos que no tienen sentido.

EL ABUELO

Cada que vengo a verlo está más desgastado, aunque no puedo decir que se halle enfermo. Los primeros dos días siempre son de quejas sobre mi partida, remilgados comentarios que yo respondo con la narración de mis hechos vivos, que demuestran el desarrollo en los negocios y en otros ámbitos. Él dice que todos los jóvenes decimos lo mismo, pero que la verdad hemos abandonado lo que fue de padres y abuelos, la herencia verdadera, la cultura de la que comimos y bebimos, que como el puerto se quedó sola y abandonada. El tercer día ya está diciéndome que me vaya, que no me necesita ni yo a él, que es feo hacer de cuenta que somos algo cuando ambos sabemos que ya no somos nada...Uno no puede prenderse de los recuerdos para justificar la voluntad de hacer o no hacer, para darle sentido al sin sentido del mundo. Me dice que somos dos hombres adultos, dolorosamente hechos en la trivialidad de cosas antiguas que no significan nada, que solo compartimos un apellido y tres o cuatro recuerdos deserenados, fatigosos, revestidos de tedio y de nostalgia. Cuando vienes, me dice, me siento como el abuelo bobo, sin más temas que compartir que los que traes, dos o tres. Y me provoca salir para no tener que verte. Porque tienes esa dulzura allí en los ojos, y sé que quisieras llevarme contigo a seguir juntos la cuesta. El tramo más horrible para quien ya solo tiene sus recuerdos mal ordenados e indispuestos, pero no puedo faltarles de ese modo al respeto dejando este triste pueblo costero de una vez y para siempre...Me repites, sin usar palabras...No voy a ir a la capital, donde todos los bobos como tú se encuentran envarados en el destino crucial y diario de tentar a la suerte...Y no puedo siquiera responderle...

EL PUEBLO

La larga calle los ve sobre todo por su larga sombra. El polvo se levanta en un juego de dos o tres ordenanzas mal entendidas y hace que las muchachas se aseguren las faldas y que la gente escasa que camina por ahí se tape los ojos y se detenga. Ellos dos siguen con su paso gemelo, que deja ver que han caminado juntos muchas veces antes de esta. El más joven lleva una maleta, no tan grande como para pensar que se marcha por ver primera. Llegan al borde de la calle y se quedan allí, en silencio, esperando a que llegue el bus que va a la capital. El joven mira para arriba de la calle, y ve la iglesia y el edificio de la alcaldía donde hace unos años trabajó como secretario. Piensa que si aquella chica le hubiera tomado la palabra, todavía estaría aquí, midiendo el puerto con su abuelo y tragando polvo salino de estas calles. Pero no hacemos lo que queremos, sino lo que podemos. A veces ni siquiera éso.
El viejo mira para abajo solo un instante y luego cierra los ojos. Mira para adentro. Está sentado en una silla de mimbre viendo un alcaraván que va de aquí para allá, contrario a sus hábitos nocturnos. Debe estar enceguecido por el sol o quizá ciego del todo. El ave tropieza y casi cae, y él decide espantarlo de allí, pero el deseo de recordar es tan fuerte que permanece mirando, incluso mientras su nieto se despide y se monta al bus, dejándolo allí de pie observando para atrás, donde no hay nada, ni hay nadie...

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miércoles, 11 de febrero de 2015

LA RUTA DE LA VERDAD Y LA MENTIRA / Cuento de José Ignacio Restrepo

N. N.
por 
José Ignacio Restrepo


Tiene tiempo de estar haciendo esto, tantas tardes de tedio diocesano tras decidir parar de trabajar. Si, son cerca de diez años mal contados. Va y viene en una ruta larga, desde el largo bulevar a la troncal de San Marcos, pasa por el mercado de los pobres, mira la fila que parece intacta siempre, muchos sacos grises, muchas cabezas gachas ya pintadas de nieve. Al subir esa cresta sembrada de altas palmeras, apura el paso que allí es un trote de tranco medio y sube creyéndose un corcel bendito por mirones del Parnaso, un caballo inmaculado que no conoce guerras, solo películas ganadoras y líneas de poemas.

Un kilómetro después detiene el curso completamente. Se sienta en un muro como cualquier escolar con asma y respira profundamente doscientas veces mientras mira el sacrosanto firmamento. Se vigila el cuerpo y le hace un masaje muy fino, dejando que las coyunturas le hablen como en un sortilegio de ecos y quejidos sobre el desgaste al que están siendo sometidos, con estas mediciones matutinas y estas labores de solo uno que son el pan diario de su nuevo periplo.

Diez años van desde que no vende su fuerza de trabajo y solo se encarga de negocios particulares, asuntos que solo saben dos y un tercero que ignora ser la mancha del vestido, la ficha sobrante del juego, un muerto vivo...Ni supo como llegó a este puerto, tan secreto e ilegal, como particular. Igual, es un triunfo que lo enorgullece. Estar vigente, haberse mantenido hasta este momento, sin lastimar a quien no se debe y alcanzando poco a poco territorios alejados de este lugar donde vive es el permiso para poder seguir.

Comienza lentamente el camino de regreso, que tiene marcas de esfuerzo de índole diversa al anterior, a pesar de ser trazado sobre un mapa igual. Repasa rostros, eventos, otras corridas donde fue el toro y no el torero, aumenta el ritmo de la respiración y va disminuyendo la distancia hasta su bella casa, levantada sobre una colina, hecha toda de arcos y muros cruzados por ventanas de tonos azules diferentes. La casa se puede ver tres kilómetros antes de llegar. Tal es su magnificencia y su tamaño. La construyó con lo ganado en los primeros tres años de trabajo. No somete ya su pensamiento al escrutinio de ecos ajenos sobre la moralidad de su labor, pues ha concluido que es tan necesaria como muchas otras que dicen pertenecer al ámbito de lo constructivo. Sí no se limpian los diques, sí no se derriban casas pequeñas para dar origen a los grandes edificios, sí no se juntan valores para sacar un valor alternativo ¿qué pasaría?

Sus disparos precisos, aquellos accidentes que suceden, esos suicidios inesperados, que tienen la marca de su talento, el tacto sobrecogedor de lo inexplicado, son trabajos muy bien remunerados porque hay cosas que deben suceder y por si solas no suceden...

Va llegando a una loma que saca lo mejor que tiene. Su mejor esfuerzo antes de llegar a casa, como hace diez años cuando era un don nadie lleno de valor para hacer lo que otros solo pensaban. Son menos de doscientos pasos, un trote de caballo que sabe que lo espera un frío baño y una cena llena de deleite natural, en la gran mesa de marmol de su bella casa de vidrio...

Y un silbido débil, de un cohete disfrazado de bala, irrumpe en el final de su carrera como un misil que va a acabar el mundo, su mundo...sin que nadie lo oiga.

El combatiente de un solo país cae en la via pública de manera aparatosa. Ya está muerto cuando rompe su mentón contra el asfalto. No lleva documentos, no va armado. Llegará a donde llegan todos aquellos que fallecen sin poder ser identificados. Quizá se tarden un tiempo en averiguar la empresa que tenía, qué cosa se propuso contruir quitando del camino las piedras que otros simplemente le señalaban. Un cuento de azares, medio quemado por otro que no va a aparecer, el cabo de su rabo, el viento inesperado de su vela, el punto aparte de su relato inventado quién sabe cómo, casi un juego a medio empezar apenas, de una vulgar caja de letras...

JOSÉ IGNACIO RESTREPO
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martes, 16 de septiembre de 2014

TIENE SIEMPRE LA VIDA, FANTASÍA / Un cuento, de José Ignacio Restrepo


EL RECUPERADOR DE TARJETAS
por José Ignacio Restrepo



Un curioso devaneo del viento, que se había despertado de un sueño anormal, a las dos y algo de la tarde, levantó unos papeles del suelo y una grácil rosada cartulina, decidió levantarse con ellos. Pero fue en vano, su esfuerzo apenas la hizo construir un giro delicado que la dejó en distinto lugar, como a un metro. Era otro mensaje cifrado, otra abrazadera oxidada que ya no agarra los extremos, ni impide el goteo de noche, ni alaba el silencio de una vela mientras el fuego a ninguna oración atiende. Otro mensaje sin emisor y destinatario, simplemente una tarjeta de representación tirada por su dueño u olvidada, que libre de toda obligación ha terminado de patitas en la calle.

Con índice y pulgar la levanté. Una muestra de respeto pues hace tiempo me dedico a esto, un oficio ciertamente mercenario, y de ignoto origen, por ello mismo con nimia jerarquía en las categorías de labores, y en todo caso, en trabajos y anales no nombrado, ni en las fiestas aducido como noble, pero qué importa…En tiempos querellados por tan infame cantidad de gente suelta, sin un norte o faena bien definidas, sin encargo, por responsabilidad directa de la clara economía, cuando premios se dan a emprendedores y se pacta con la plebe el incómodo rol de independiente, por modelo poniendo la aventura, y dignando a los que ya no ofrecen un poco de lo antes obtenido, para algo devolver a los que en cuna de oro no han nacido…No tendré que explicar que me hallo con todas las horas del día para mí, y además que no tengo ahorro alguno que me permita ocuparme del placer, por tantos quehaceres a prueba he sostenido, y el del día de hoy aún se mantiene, hoy haré de recuperador, es una emocionante ocupación, solo tomo la tarjeta que aún no se ha dado por perdida, y salgo a investigar, porqué quedó tirada en una vega de la calle, o en una mesita de mármol aparente de un cafetín sin nombre, esperando al dependiente para que la tire sin más a la basura, eso es, por exceso de tiempo para mi he descubierto una veta inesperada, un zaguán de vidrio centenario, un macondiano afán en el que encuentro el secreto sentido de la vida mejor del que lo encuentra usted…Ya lo verá, no pretendo confundir su horario, ni enaltecer lo propio demeritando aquello que no entiendo, cual es vender el tiempo a algo que no llene los sentidos, ni devuelva placer por esforzado cansancio, apellido de las tareas que corrompen el físico y llevan justas almas al hartazgo.

Saco la lupa del bolso de universitario perdido en carrera del gusto reprobada, y el directorio que está junto al teléfono público de este lugarcito que vende tan buen tinto, declina de su sitio hasta mi mesa, por arte del necesario maleficio, y aunque se me mira con reparo, mi sonrisa que tiene todavía la completa dentadura a su servicio, hace de mediadora intransigente, consiguiéndome el permiso para usarlo. Con la mora prevista, hallo rápidamente al propietario de la breve pero usada herramienta, y confirmo que la firma aun actuante, tiene cuenta en la barra de abogados, y me llevo dirección escrita, como si fuera mohicano de último con cuchillo feroz y apocalíptico, recién estrenado.

Cancelo el tinto. Tengo en la mano el almuerzo prometido, alguien perdió la tarjeta y estará en este momento en territorio incierto y anodino, por no bien recordar ni el nombre del buró al que pertenece ni tampoco el que tiene el abogado. Seguro éste tampoco tiene claro que ese nuevo cliente que no llama, ha perdido el carné de referencia y por eso no se asienta ese negocio. Ahí veo mi almuerzo, aunque aún sin cubiertos y sin clara dirección del restaurante donde sirven las viandas, que ya casi saboreo pues las once pasadas ya han pasado…Que no lleguen espasmos a mi cuerpo antes de yo vencer interrogantes que me paguen el todo pero también cancelen bien las partes.        

Y al llegar con mis pasos, al lugar deletreado en el pequeño pedazo de blanca cartulina, puedo ver que sí hago del hallazgo un buen encuentro podría bien mi almuerzo convertirse en un poco más, acaso también halle del postre bien asida, alguna otra sencillez atada, un buen helado de dos copas o mi clásica cena de otros tiempos, ya parcamente olvidada, que constaba de la entrada, o sea sopa de arvejas y arracacha con pancito migado, el seco clásico con carnita a la plancha, dos o tres luengas tajadas de dominico, el alimento de seba de turpiales y otras aves raras, y unas papas caladas en juguito de mango o tomate de árbol, junto al infaltable arroz pintado con el feliz azafrán, que parece en este punto y hora de la historia no ofrecer otra labor sino esa sola.

Ya me estaban sonando las morrongas tripitas y el estómago se contrajo, mostrando sin culpa alguna que interpretaba bien el hambre en mi cerebro, cuando caí en cuenta de que era por mi culpa pues la marcha de las horas en mi caso, tenía su dilema: casi siempre iba atrasado en dos o tres pedazos de hora, nunca adelantado, pues había decidido que si no estaba ocupado en su quehacer reciclador, buscando los denarios subsistentes, debía ahorrar energías, todas las que más pudiera, durmiendo en donde le cogiera el breve sueño, la siesta o el profundo que allega la noche. Y por ello, ahora que pensaba era el  mediodía realmente el reloj decía la dos, por tanto su vientre tenía razones para llorar, recogerse, arrinconarse, y todas las otras acciones que pudieran demostrarle que era hora de almorzar en esta parte del hemisferio, y no había un motivo somero que pudiera disculpar olvido tal.

-   Tranquilo, tranquilo, ya pronto nos vamos a sentar…

Por dos veces como mago o demiurgo que ha encontrado a quien hablar, y que nadie más ve, se dirigió en voz alta a su dilema, esperando que con verbal sutil placebo sin hacerlo en voz alta ni tampoco notorio, el recato de su vientre retornara y no más le mandara esos sordos berridos, para obligarle a comer, sin él antes disponer de las viandas necesarias, el cuchillo, tenedor y la cuchara, el jugo, la comida, postre y leche, sobre mesa y mantel, como Dios manda…

-   Perdón, señor… ¿Espera usted a alguien?

El de tono cortés venía enfundado en disfraz de general, con dorada charretera y medallas de mentiras, le sonreía desde el portón de aquel buró, donde a tres pisos e incontables oficinas, debía hallarse el gerente y sus secuaces, esperando por él para recibir de vuelta su tarjeta y con ella valiosa información, disonantes cuestiones aplazadas, en peligro diez vidas o hasta más porque alguien optó por descuidarse, dejar de estar atento a sus asuntos y festejar que un detalle por perdido que se halle, puede hacer un hoyuelo en la bolsa de viaje, y por ahí sale el aire, y después sale todo…

-   Sí, señor…No, no, no. Realmente un alguien, alguien que sepa que yo llego y me aguarde para zanjar algún asunto, no es este el caso. Pero, tengo algo que hacer en el interior del edificio. ¿Usted podría indicarme si estos caballeros aún se dicen ocupantes de esta oficina, ésta que luce acá en esta insignificante cartulina?

El portero tomó la tarjeta que mi mano mansamente le extendía y la ojeó, por acaso un vil minuto, para dejarse caer sonrisa en rostro con el siguiente informe, a saber…

-  Si joven. Los señores Valcárcel son miembros de la rueda citadina de abogados, y tienen su despacho en este inmueble, piso ocho, placa 814. Si se trata de un negocio que ellos lleven, debe hacer una cita…

Me di cuenta que entrar allí no sería posible si antes bien no fraguaba un cierto encuentro, pactando un necesario trabajito con alguno que me hiciera merecedor de una asamblea con él en piso octavo…

El placebo que había promulgado en voz alta y con todo mi carácter, para por un tiempo convencer a mi pancita, de que su  almuerzo no se demoraba, llegaba al final de su certero efecto y mis tripas empezaron a llorar, pues la imagen de comida se alejaba, unos metros al sur de aquella calle, corriendo y le perdí de vista. Mientras, el resto de mi cuerpo con estómago a bordo, sin atender la orden perentoria de mi oscuro cerebro, por virtud del hambre insostenible simplemente y sin dudarlo, allí frente al portero se desmayaba….    

Me desperté. Quizás eran las cuatro, un poco más, pero los rostros que tenía frente a mi estaban tan oscuros, tan bien puestos, con esa dignidad de lo prosaico que no admite repulsa y por saberse así, sólo pensamos, acaso yo esté muerto y todavía no me han avisado.

Tres abogados, a falta de uno solo, estaban bien sentados auscultando la teñidez de mi rostro que por sentido efecto del desmayo se había puesto gris y aun volviendo el aire, el tono natural no regresaba. Los miré con el todo de mis ojos, como comprenderán al estar mi estómago vacío y continuar así por el desmayo, sufrí un retortijón más acentuado que me hizo sentarme sin permiso pedirles y preguntando de una por el baño…Pero fue falsa alarma, bien pude respirar, el vientre ya sereno aunque vacío atenuó la violenta contracción y volví a tomar asiento donde el bulto de mi cuerpo había dejado dibujada, en posición fetal como Dios manda el corporal contorno.

-   Sus señorías, me habrán de perdonar esta osadía de la que no he tenido en modo alguno, el voluntario deseo de cumplirla y ha sido simplemente por lo débil que me hallo trabajando en estas lides, sin meterle comida al torpe cuerpo que no entiende de ayunos extendidos ni de aguas pintadas en gaseosa para hacer las veces de pitanza…Me he llegado a su negocio respetado por señas de una tarjeta que no me pertenece, encontrada en la calle en la que queda ese negocio llamado El aguijón, esta mañana apenas y he venido pronto pues me figuro que no es sólo este ministerio un lugar de vigores bizantinos donde el vil intercambio del dinero por la cuota pueril de un bien buscado que ofrecen ustedes por su lado, consistente en lograr el objetivo de preguntas u objetos de clientes que se hallen entuertos o perdidos. Y más bien supongo merecido, sospechar que son dignos menesteres los que cursan dilectos, por lo cual una tarjeta como esta – y lo dije mostrando de ipso facto la cartulina blanca ya gastada, por el bolsillo mío y por mi mano- que se encuentre tirada en la calzada significa seguro una razón perdida, una persona que busca hasta su nombre o una cuota de vida que en las manos de ustedes ya estuviera, en diligente labor incuestionable ante juez defendiendo esa su parte, y blandiendo razones que el jurado en contraste a lo que digan los herejes, dejen libre al cliente, que andará por las calles suplicando que ni una gota llueva para hallar la tarjeta, y no de cualquier manera presentarse sin respeto ante ustedes, aquejando su falta sin  tener como realmente disculparse…

Los rostros de los abogados me miraban, resueltamente sorprendidos, seguramente comprobando que el vigor no me había abandonado y el pasado desmayo, cuyo estatus de origen era el hambre, en nada pudo alterar mí juicio viejo, explicado con fuerza y prontamente los motivos de hallarme en la oficina. Tanto fue, que usaron el teléfono para pedir comida y tras unos breves minutos, que importantes serían los señores, nos trajeron viandas suculentas, que revelan complacencia inmerecida y fue entonces la mesa de las juntas, la mesa de comidas y los tres me invitaran a sentarme, insistiendo en que algo les ampliara del asunto de marras que traía, reciclando tarjetas extraviadas porque nada sabían de labores como esa, y su mucha importancia sin embargo que ningún andurrial exterioriza…

*  *  *

Pues resumen haciendo, me he quedado trabajando en el bufete. Golden, Lucaks and Geremin, conquistados por mi plática insondable, cuya diestra manera de hacer claros los asuntos más épicos y oscuros, han optado por dejarme entre su nómina, adelanto que acepté sin poner  traba.

No sé bien el nombre de mi cargo, pero ya he hecho faenas importantes como ese corto mensaje audiovisual que explica con decoro y gran decencia el vigor e importancia de la firma, y hoy día lo muestran casi veinte veces, y la tele famoso me está haciendo como nunca mi madre se soñara. En sólo una semana, mi aspecto que era muy desconocido, anodino del todo, aparece más que el presidente, ya veremos que trae esta secuencia.

Por lo pronto, os cuento de mi almuerzo: Es el momento mejor del largo día, lo paso en una mesa que me apartan y el menú me lo cambian, para que sea yo solo el que elija que será lo de hoy. En la cocina los armados guisanderos y sus mozos obedientes toman nota real de mis deseos, como nunca soñara mi estómago, que aceptaba agua pintada y burbujitas por arroz con habas y carne picada cuando yo le mentía sin recato… 

JOSÉ IGNACIO RESTREPO
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