miércoles, 28 de octubre de 2015

SONATA PARA UN VUELO GRIS.../ por José Ignacio Restrepo



No sé cuántas cornisas conocen de frente y de lado mis secretos deseos de volar y darme contra el suelo. 

Son muchas, algunas ya no existen pero conservan ese halo de inquietud en sus pisos pulidos con concreto armado donde ni por asomo hay un aviso que esplique a dónde se ha ido el decoro de dejar quietas las cosas que ya para bien han sido terminadas. 

Frisos que sintieron mis pasos son ahora arreglos de cal y color sobre fachadas altas de multifamiliares. 

Es una vergüenza que tus recuerdos de cobarde suicida deban sufrir tantas demoliciones, tantas sucesivas remodelaciones, inspiraciones a la contra y a la reversa, que solo logran intimidar algo del futuro de mis vitales capiteles. 

Demoler, una y otra vez las mismas cuestiones...Se debe ser conocido para entrar en los grandes edificios públicos, hay todo un afán desaforado por impedir que nosotros, dueños de nada, hagamos uso del sutil derecho de apagar cuando queramos esta bombilla de incierta luz.

Con ello quieren decirnos que lo nuestro no lo es, que la vida que pasa por ser nuestra mayor posesión se sostiene sobre una autonomía falsa, es un reino imposible de ser liberado, se abate bajo una suma de condiciones necesarias de revisarse a cada rato, por gente que sí te posee, que sí posee autonomía y que tiene el poder de restar aquí y allá de esa vida que tú crees tan tuya.

En todo caso, con mi segueta poética que corta cadenas como si fuera un soplete guardada por partes en mis bolsillos, voy recorriendo estas calles con nombres de próceres asesinos y mártires que nunca supieron dónde quedaría maltrecha su histórica seña de obsecuencia, porque no sé en qué momento decida qué friso, qué alta muralla sin defecto se convierta en ese lugar amado donde éste que me mora decida, de manera intempestiva, entregar a la muerte buscona su carta de triunfo.

JOSÉ IGNACIO RESTREPO • Copyright ©

sábado, 17 de octubre de 2015

SOSTENIENDO SEGUNDOS VIVO...

EL ROSTRO BELLO DE MI MADRE
por José Ignacio Restrepo



Y a la sombra de espera, desnudos están estos serenos pasillos, cuya absurda morbidez deriva de su lóbrega soledad...Un mundo pálido, estallando en rosas y sangre que queremos no sea tanta. Gotas que caen sobre nuestros rostros mientras lacramos en silencio estas letras minúsculas, amparados como vamos porque aún dure esta paz falsa que conmueve las calles de la voz y las veredas celestes del alto cielo nuestro. No hay fecha de cierre para esta ceremonia de dolientes, amigo. 

El orín que muestran las barandas puede hablar mejor que nosotros sobre la lepra vencida de las horas, y también el silencioso espíritu que ensombrecido siente que todo ésto le atañe. Lujo será postergar al presente para venir tras opacas luces cotidianas y ver los dolorosos cabestrillos, mundo que me toca colgando del azar que antes fue beligerante y digno como niño esperado en quien todos queríamos confiar. Alados ojos aguardan también a rebujadas alegrías, que rompan ventanas y tengan luego sus hermosas crías que nacen volando como águilas. 

Todas las edades convergen ante la pasión del calor que llama, pues la esperanza viene cálida en cada pan que busca nuestra boca, y la pobre iniciada fragilidad dice cosas bellas de oír cuando entra tomada de la mano de la fuerza, como un sueño sin tiempo despertado, o una misión rayada en el borde del mapa. Ese que soy, habla hoy desde las palabras y convoca la virtud del bien hacer tras la corola intacta de algún bien decir. 

Repisas donde nada pongo, madera a la que el tiempo llena de poros. Los días de mis metas han cedido la verja para que ella proteja segundos sin remedio, gracioso tiempo flojo acuñado para malgastarse. Y mi nombre probo esperando la virtud que pase seguramente engalanada con el bello rostro de mi madre.

JOSÉ IGNACIO RESTREPO
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(La pintura es del pintor palestino Ismael Shammout)


martes, 13 de octubre de 2015

OJALÁ PASE EL PROYECTO / Un cuento breve de José Ignacio Restrepo

TEO...EN LA TARDE VUELVO


Un cielo morado y el radio que comienza a resonar con las noticias de otro lunes negado. Primero las cobijas se abren y después siguen las notas de la ducha, que acompañan el canto desmadrado de Manuel, este amigo tantas veces fiel, este amigo de alegrías y tristezas, y otras tantas veces apenas un compañero obligado. Va hasta la ventana y retira con delicadas maneras la cortina raída. Ha comenzado a llover suavemente de esa manera que a veces dura horas invariablemente. Recuerda que Manuel ha vendido el coche hace dos meses y recuerda también, que se ha dejado olvidada su sombrilla, que él piensa tiene carácter de paraguas. Y al verlo salir del baño con el cabello mojado y la barba cubierta de espuma, quisiera poder cubrirlo con algo mejor que un paraguas o el coche de antaño, una suerte de mampara hecha de amor, para que no le pase ni agua de lluvia, ni frío y así pueda llegar a donde quiera, con el traje intacto y la mirada feliz que Manuel siempre le dedica al empezar el día.

Lo ve comiendo el desayuno a toda prisa, y murmurar el orden de sus tareas, que incluye una moción ante sus patrones de un nuevo proyecto de inversión que al parecer no tiene aún todas las garantías para llevarse a cabo. Manuel repite, por segunda vez y luego alza los brazos en señal de victoria. Eso quiere decir que el proyecto pasará, no les quepa ninguna duda sobre ello. 

Por milagro ha parado de llover. Se vuelve para mostrarle ese detalle favorable a punta de consonantes cerradas y una que otra vocal, más dos pasadas de sus pulidas uñas contra el tejido de la cortina, lo cual produce un sonido que él distingue y conoce. Uno que hace que se asome y mire, para darse cuenta que ha escampado, que no va a mojarse de acá hasta el trabajo, que un bus asesino no va a mojar su traje al pasar de cualquier modo sobre un charco de la calle. Es como un premio antes de comenzar a competir por el proyecto. Manuel le acaricia la cabeza como si todo esto se debiera a alguna de sus invocaciones, y él acepta, alegre, pese a saber que se aproximan las peores horas de la semana, las iniciales del día lunes, el día donde explota en la casa este inmundo sabor a soledad y todo parece convertirse en una especie de funeral asignado que no ha solicitado de manera apropiada su concurso natural como habitante de este lugar.

Lejos de la controversia, él y Manuel son dueños de este sitio, pero él pasa más tiempo aquí, cuida que todo esté bien, que no entren ladrones ni otros seres indeseables. Y lo más importante, espera cada día a que llegue para darle cariño de hijo, de padre, de amigo. En fin, su papel en este sitio no se debe a una necesidad ni a una obligación. Tiene a la convivencia por meta y a la compañía respetuosa por condición, cosas que se dan hace tres años de manera mutua, con algunos baches. Por éso cuando Manuel se va a agachar para alcanzarlo y darle esas últimas caricias antes de marcharse, él, Teo, salta hasta el brazo de la silla de la sala para quedar a la altura del gesto, y así poder mirarlo a los ojos mientras él le promete que llegará tan pronto pueda, y le pide perdón por tener que cerrar todas las ventanas. Abre y cierra los ojos tantas veces como puede para expresarle que lo dispensa y que comprende bien el objeto de la medida. Se contorsiona contra su mano, que en el dorso es peluda y suave, para decirle claramente que él va a esperarlo, que no le duele dormirse frente a la ventana viendo como pasa la vida afuera sin él, porque sabe que cuando llegue Manuel traerá buenas noticias, que va a contarle que el proyecto pasó, que fue aprobado, y que van a poder trasladarse de este piso frío a la casa grande que le mostró en la revista, donde podrá también ir a vivir con ellos una gatica sin techo que ojalá hoy, en algunas horas, se acerque a visitarlo...Aunque estén separados por el vidrio lavado, que ahora mismo escurre las últimas goteras de luvia de este lunes de tedio....

JOSÉ IGNACIO RESTREPO
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sábado, 12 de septiembre de 2015

COMO AVALANCHA DE VERANO: UN SUEÑO EN OTRO / Un cuento de José Ignacio Restrepo

LAS MALAS PELÍCULAS
SIEMPRE TIENEN UN BUEN FINAL
por
José Ignacio Restrepo




I

Me miró atentamente desde la mesa que ocupaba, a unos diez metros en diagonal a la mía. El espejo a mi lado derecho devolvía su imagen casi completa: largas piernas, pálidas y sin vello, talle y cadera muy torneados y un rostro enigmático entre oriental y latino. Sin duda era una mujer pretendida.

Augusto frecuentemente mencionaba que el destino me deparaba una mujer como esa a la que mi tozuda apatía le tendría sin cuidado, pues bajo su mágico influjo yo iba a caer preso convirtiéndose mi vida en un delicioso infierno. Yo nunca hice pronósticos sobre la vida de Augusto ni tampoco sobre su muerte que lo sorprendió en una sencilla excursión en bote por las tranquilas aguas de Miami, un tonto día que andábamos de juerga. Que fuera tan descabezado nunca me hizo pensar que se iba a quebrar el cráneo contra el borde de la quilla de aquel barco, aunque unos días atrás me hubiera confesado que se quería morir en el Caribe. Semejante deseo para su infortunio no se cumplió como él quería, pero sí demasiado pronto. Desde su penosa muerte había pasado ya un año largo.

Devaneando en aquellos recuerdos no observé quien se acercaba y me vi sorprendido por la voz grave y seca de una mujer. Era ella, la joven de rostro misterioso que unos minutos antes observara tan detalladamente en el espejo.

-          Usted es León Barrera...

Levanté mí cabeza y observé frente a mí los pechos perfectos de la mujer que hablaba...

-     ... famoso jugador de polo, escritor de una novela mejor vendida, soltero de treinta y tres años, nacido en Puerto Rico, y residente en cualquier parte del mundo gracias a su incalculable fortuna...

-         ¡Vaya! Qué interesante lo que dicen de uno las revistas de farándula barata...

-      León Barrera, se equivoca si piensa que trato de intimar con usted. Me llamo Alicia Noguera. Recuerde mi nombre y mi rostro, porque yo voy a matarlo.

La mujer me miró por un momento más. Sentí la frialdad del peligro en mi rostro y lo supuse pálido, casi lívido. Estuve seguro de que interpretó erradamente mi silencio, acaso como muestra de bestial arrogancia. Ella no podía saber que al escuchar su apellido en mi interior una avalancha de ingratos recuerdos se había desprendido desde la oscuridad de mi memoria y en aquel momento me estaba sepultando en un reconocido abismo de dolor y tragedia, ahora como antes irreparable.

La inmensa avalancha comenzó a formarse durante el verano del 94 en un bello sitio de Baja California. Había muchísimos turistas, entre ellos mi viejo amigo Augusto Carvalho y yo, León Barrera. Disfrutábamos de unas largas vacaciones en el Pacífico soleado, tras haber tenido un golpe de suerte en el mercado de Valores de Los Ángeles. Una tarde Augusto regresó al hotel con una chica hermosísima, que dijo llamarse Belén Noguera. Era muy simpática y agradable, y se convirtió en amiga de ambos casi de inmediato; al cabo de unos ocho días, cuando el mar se puso algo recio para nuestro gusto, ella nos invitó a su casa, que quedaba en la bellísima Cartagena de Indias. Bastó una tarde para llegar y en menos de quince horas nosotros tres hacíamos sombra en las playas de otro océano.

Su familia estaba de viaje en Barquisimeto con unos parientes. Toda la casa estaba a disposición de nosotros, sus invitados. Belén, a pesar de ser muy joven, era una magnífica anfitriona. Además había nacido un afecto especial entre ella y yo, y como estas cosas eran corrientes para Augusto, por ser mi amigo, supe que aunque la chica también le gustaba, él lo entendería sin problema.  Como pensé, él no se preocupó.

El verano en la costa Atlántica colombiana era más extendido y cálido que el de California, por esos días. Sin embargo el mar estaba picado y la leva era considerable. Las autoridades habían advertido sobre los riesgos de navegar o inclusive surfear en semejantes condiciones. A pesar de esto, la chica y yo salimos aquel día temprano, pues habíamos planeado un picnic marino, con sesión de buceo e interludio romántico. Habíamos sido muy cuidadosos y privados en nuestros asuntos desde que llegamos. Augusto solamente había visitado Cartagena una vez, estando muchacho, así que decidió pasear por la ciudad amurallada y tomar algunas fotografías, en lo cual se la pasó casi todo el día. Al regresar él, nosotros no habíamos vuelto, lo que lo estimuló, según su narración posterior, a preparar algo de comer como una sorpresa para cuando regresáramos.

Pero no regresamos. Aquella noche, la leva se convirtió en vendaval y luego, con el paso de las horas, un tremendo huracán azotó las playas de la Guajira hasta Morrosquillo, que persistió por casi dos días. Mi bote, nunca apareció. Fui recogido por un pequeño pesquero, que me avistó tres días después del naufragio, pero a Belén infortunadamente, nunca la encontramos, pereció. Su cadáver no fue hallado, y el que yo corriera con los gastos de sus servicios fúnebres, realmente no me ayudó en nada. Mis sentimientos de culpabilidad, que estaban por demás justificados, hicieron mella en mi naturaleza normalmente jovial y abierta.

Esperamos a los parientes de Belén, que al parecer solo eran una hermana y su madre, pero no llegaron, y a los veinte días retornamos a Norteamérica. Más de seis meses estuve buscando a aquellas personas, primero por teléfono y luego personalmente, pero cuando volví a la casa de Cartagena, la habían colocado en venta y no hubo quien me diera razón de los dueños. Fui investigado por la muerte de la chica, pero como la decisión de navegar fue compartida por ambos, la responsabilidad de lo ocurrido no podía cobijarme solo a mí. Me exoneraron, pero ya nada sería igual de ahí en adelante.

Augusto Carvalho me asistió durante la aguda depresión en que caí, a raíz de ese acontecimiento. Cuando la prensa ya me había olvidado por completo, todavía solía deambular por cualquier playa de la costa oeste emborrachándome, impedido emocionalmente para continuar viviendo, preso del infortunado recuerdo de aquel día, víctima de una circunstancia en la que fui el desgraciado protagonista. Cinco años después, el malhadado hecho constituía el motivo de mi soledad, y un insano convencimiento me hacía pensar que era dañino para la gente, lo que determinaba que yo alejara de mí a todas las mujeres que me demostraban algún interés. Un siquiatra amigo me aseguró que mis temores desaparecerían en presencia de una emoción realmente intensa, que alterara mí presente dando al pasado su justa dimensión.

Sin saberlo, la avalancha de recuerdos no solo me causaba dolor. Podía sin duda acarrearme la muerte.
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Tres días después del incidente en el café, la vida de León Barrera había recuperado buena parte de las tumultuosas características que tuviera cinco años atrás, cuando involuntariamente se viera envuelto en la muerte de una chica que él poco conocía. Había llamado a todos los hoteles de la ciudad intentando localizar a Alicia Noguera, sin conseguirlo. Varias veces contestó el teléfono, sin que nadie hablara en la línea, y al transitar por la calle se sentía constantemente vigilado. Estos detalles, más el resurgimiento del dolor y la culpa, lo tenían al borde de un colapso. Su médico le formuló unos calmantes que él no tomó, prefiriendo alternar su nerviosa lucidez con noches enteras de embriaguez profunda. Su aspecto era desastroso, ni la sombra del hombre que siete de cada diez mujeres interrogadas por un magazín de distribución continental, unos tres meses atrás, eligieran como el soltero más codiciado.
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Me desperté de un pesado sueño con la boca pastosa y el aliento ahíto a licor, creyendo haber sentido que golpeaban la puerta. No soñaba. Abrí tan rápido como me lo permitieron mis piernas. Era ella. Miró mi rostro sin afeitar, y el pantalón ajado tras una noche de inquieto sueño. Su gesto adusto no hizo más que acentuarse.  Sin embargo, su imagen a la luz del día superaba el breve recuerdo que tenía de ella: Vestía un traje de noche, absolutamente irreal para esa hora, abierto por el lado izquierdo desde el tobillo hasta su espléndido muslo, y el profundo escote dejaba visible buena parte de sus atractivos. Su cabello suelto, unos ojos que lo traspasaban todo y sobre los labios algo de carmín, completaban una indumentaria que sería la ideal para coprotagonizar cualquier película con Bogart. Como la última vez, ella habló primero.

-          Las malas películas siempre terminan bien...

Me distancié de la puerta, asombrado por la coincidencia de su saludo con mi pensamiento. Ella la cerró con un preciso empujón de su pie derecho.

-          Señorita Noguera... Déjeme decirle...

-       Usted señor Barrera, no tiene nada que decir. Ni tampoco nada que hacer, pues ya hizo más que suficiente. ¿O es que perdió la memoria?

Con un movimiento estudiado, extrajo de su bolso una pequeña pistola con silenciador, y la apuntó hacia mi pecho.

-         ¡Por favor, déjeme explicarle! Usted solamente conoce una parte de toda la historia...

-      No señor, yo conozco toda la historia, y le voy a escribir el final en    este instante...

Había estado retrocediendo desde que le abriera la puerta y ahora la pared enfriaba absurdamente mi espalda desnuda. No comprendía como el asombro podía causar un dolor tan intenso, y porqué escuchaba el eco sordo de una detonación, que parecía provenir de la otra habitación.

Mientras caía, sin lograr apoyar las manos para protegerme el rostro del impacto contra el suelo, pensé que nada de esto me podía estar ocurriendo realmente.


Como si aquella voz casi inaudible fuese más una variedad de invocación para un genio mágico, que una línea angustiosa en el guión de un personaje en medio de un pesado sueño, Gonzalo Cepeda, contador bancario de cincuenta y dos años, nacido en Miami pero de padres cubanos, con cuatro hijos, de los cuales el menor ya era un adolescente, con muchas cuentas por pagar y un salario por fortuna, se despertó. Comenzó a abrir lentamente los ojos para iniciar un involuntario reconocimiento del lado izquierdo de su cama, donde aun dormía su mujer, y luego hacia arriba, con el objeto de observar del mismo modo que el día que lo instaló, es decir, sin absoluta satisfacción, el techo de pino de su alcoba, del que pendía, encendido permanentemente, un ventilador marca Golden Stallion.



II

Dos de la tarde... En la vía rápida el verano de Miami esta hecho de la tensión imperiosa de las pistas de fórmula uno, pero también de calor inclemente y de un ruido ensordecedor, los cuales se sienten a pesar de llevar las ventanillas cerradas. La angustia por la alta temperatura, que no logra mitigar el aire acondicionado de los vehículos, dibuja áridos relieves sobre los rostros de quienes conducen y viajan, lo cual los hace ver incongruentes con el geométrico paisaje de colores vivos, asfalto perfecto y edificios de concreto bellamente construidos, en medio de los cuales a esta hora se deslizan los autos.

No tener que regresar al banco es, sin embargo, un gran motivo de alegría, y aunque sea un gozo pequeño, es tangible como la cabrilla de su coche, un Peugeot Cabriollet de hace ya trece años. El insidioso climaterio en la vida de Gonzalo Cepeda es, por momentos, mucho más difícil de asumir de lo que él pensaba, pero en lo que respecta a esta tarde no habrá decisiones perentorias sobre los dineros o los bienes de otras personas, ni habrá reuniones de cuya intrascendencia solo él parezca percatarse, ni tampoco batallas estúpidas en forma de torpes discusiones por la posesión de la verdad, o por probar el criterio acertado en el sacrosanto tema de las finanzas y la economía. La Economía, la única maldita cosa importante en la existencia cotidiana del   maldito banco.

  ******

El coche deja el denso tráfico y toma una vía alterna, para salir del centro. Un kilómetro más adelante, al observar un mall recién inaugurado, el maduro contador decide comprar algunas cosas, vagar un poco por el lugar y quizás, si el calor no disminuye, tomarse un par de cervezas.

Había elegido la última parte de su plan para llevar a cabo de primera. El amargo sabor de la cerveza fría lo distrae un poco de la observación de aquel lugar, cuyo ambiente era moderno y completamente artificial. La combinación entre la luz y algunos espejos bien dispuestos, daban al bar una amplitud superior a la que realmente tenía.

De improviso, en el espejo situado a su derecha una forma femenina que estaba envuelta en la penumbra, se despereza y luego se inclina: La hermosa mujer queda expuesta a la luz, mientras se inclina solo un momento para recoger algo del suelo, un encendedor plateado con el que luego, al sentarse nuevamente a la sombra, enciende un largo cigarrillo. Su rostro es iluminado por la llama, y mientras la observo con inusual atención, casi puedo sentir la alta temperatura de la flama sobre el mío, pero sé que es el calor, la tarde de asueto, el sitio que no conozco. Todo esto tiene el mal sabor de los sueños pesados.

-         ¿Puedo sentarme con usted?

Su voz ronca y segura concordaba por completo con su imagen. No había advertido en que momento ella vino hacia él. No más de treinta y cinco años, ni menos de veinticinco, sin duda latina, y aventurera. Casi tres décadas entendiéndose con personas y dinero, lo habían obligado a estudiar bien a la gente, categorizándola en pocos segundos por su aspecto y ademanes, para descubrir las verdades que ocultaban. Se convirtió en un hábil interpretador del lenguaje corporal, un juez nato, intuitivo, cuyos discernimientos rara vez fallaban.

-         Claro, porqué no. Esta tarde es una de esas en que podrías romper con más de una costumbre...

Hizo una seña y el mesero llegó casi de inmediato.

-   Tráeme otra cerveza y también unos cigarrillos... – y volviéndose   hacia ella apenas un poco, - ¿Quieres otro trago?

Ella simplemente asintió. Tenía en su rostro algo soterrado, encubierto por las líneas angulosas más hermosas que había visto, y eso era un motivo para observarla como no lo había hecho con nadie en mucho tiempo. Quizás era la necesidad imperiosa de decir algo, ese afán ingobernable de revelar tu intimidad o una parte de ella a alguien que es desconocido íntegramente, y cuya reacción ante nuestra conducta no podemos suponer.

El mesero veloz llegó con los tragos. Extraje un cigarrillo y le ofrecí otro a ella, el cual encendió con su propia candela. La bella mujer inhaló de inmediato y con vehemencia, la primera bocanada...

-         Estoy rompiendo el hábito de no fumar, que he sostenido por más de once años... Parece una tarde adecuada para dejar prácticas infelices. Oiga, jovencita, ¿rompió algo hoy o apenas está tomando impulso?

La mujer me miró, apreciando el bufo tono de mi charla, acaso convencida de que yo no pretendía lo que cualquier otro buscaría en ella...

-         Hace menos de una hora asesiné a un hombre...

Recibí la frase como un fuerte bastonazo en medio de la frente, y espontáneamente evoqué el sueño del amanecer, que en dos segundos emergió ya completamente nítido desde mi subconsciente.

-         ... y una sencilla muestra de parafina ahora mismo demostraría que le estoy diciendo la verdad. ¿O es que no tengo cara de poder hacerlo?

Sin saber que decir, el contador con una tarde libre soltó lo primero que se le vino a la boca:


-         Quizás él aun está vivo...

La expresión en el rostro de ella empezó poco a poco a congelarse, y se sostuvo así durante un largo instante, mientras el humo del tabaco rebeldemente huía en diversas direcciones. La observé ceremonialmente, igual que hago cada rato con el director de transacciones internacionales, invadido además de un dulzor extraño que tenía mucho que ver con la coincidencia del momento con la aventura que soñé en la madrugada.

-     No puede estar con vida. Le disparé dos veces, al pecho... Se lo merecía, era mil veces más malo que yo.

Vertí un poco de mi cerveza sobre la colilla de su cigarrillo, que humeaba tercamente dentro del cenicero. Cuando ella levantó la vista, supe que era consciente de estar a muchas millas del camino adecuado, y comprendí que estaba a punto de comprometerme de algún modo.

-       Mi nombre es Carmen Quintero, y aunque lo parezca, no estoy mal de la cabeza... Hoy es un día difícil, solamente, y no sé si termine bien.

Escuché entonces la historia por completo, comenzando en el principio y obviando, al final, la información que ya conocía: Un compromiso con el padre, pactado tres años antes, estableció que Carmen iría a Miami a trabajar como vendedora. El mal salario y otras difíciles circunstancias la obligaron a tomar una plaza como camarera, en un bar nocturno. De mal en peor, Carmen pierde ambos empleos, pero el hombre que se comprometió con su padre le consigue un rol de top-less dancer en un night club de mala reputación. Después vinieron las calles. Su padre sufre un síncope y muere unos días más tarde, cuando abruptamente se entera de la verdadera vida de su hija en Miami. A los seis meses, Carmen se entera, y con rabia y tristeza inaguantables descarga toda su ira sobre Damián Cortés, aquel hombre que le sembrara grandes ilusiones y del que había recibido oscuridad y desesperanza. En este instante, me pregunté cuantas Carmen Quintero como ésta, andaban por las calles, preparándose poco a poco para descargar sus emociones sobre alguien, a quien han hecho responsable de todo lo bueno o lo malo que les ha pasado, corrientemente hombres, que en nada se parecen a lo que imaginaron durante tanto tiempo en sus enamoradas ilusiones.


Había transcurrido la mitad de mi tarde libre conversando amigablemente, con una joven y bella asesina mejicana, que impávidamente me había narrado las razones que la obligaron a verse envuelta en semejantes circunstancias, es decir, disparar y matar a un fulano con la más absoluta determinación. A las cinco y treinta me hallaba algo aturdido por las tres cervezas y dos gins, que ya me había guardado entre el buche, en tanto la chica seguía más o menos fresca, eso sí, los dos estábamos consternados y emotivos por lo transparente del encuentro. Carmen atendía cada palabra que salía por mi boca, pues comprendía que por grave que fuera su situación yo me encontraba dispuesto a ayudarla. En un soporífero paréntesis, durante el cual dejamos de hablar y nos miramos más de la cuenta, la bella chica, que hacía media hora o más se había sentado a mi lado derecho, demostró que realmente se hallaba algo aturdida, al acercarse a mi cara y buscar mi boca con desespero, como si la vida fuera a terminársele. Yo la besé, estaba bien mareado, y me pareció un momento inmejorable para romper el hábito de besar solamente a mi esposa, cuando ella se dejaba.

Lo que siguió, fue tan mecánico e impensado como los movimientos de los que han bailado juntos mucho tiempo. Al retirarme un poco terminé poniéndome de pie, mientras tomaba mi saco y le decía que deberíamos comprobar si Damián seguía con vida. 

En menos de lo que se dice “entonces”, nos hallábamos en el lugar del siniestro y sin más dilación que la obvia de observar quien había en las inmediaciones, subimos hasta el quinto piso. El cadáver de Damián Cortés no estaba allí. De la alegría al asombro, Carmen buscaba alguna explicación para todo lo que había ocurrido, y la encontró en una nota pequeña, que estaba bajo el teléfono del recibidor. Decía: “De no haberte dado una pistola con salvas, que no llegaste nunca a utilizar, en este instante sería un cadáver... Perdóname, darling.” La firma de Damián parecía más el garabato de un párvulo, quizás porque volaba más que corría al dejar la misiva. Es posible que sospechara que Carmen iba a regresar a ayudarlo, y bajo ninguna condición quería arriesgarse a un nuevo encuentro.

Sentí más que pensé, que aquella hermosa chica habría terminado suicidándose, acaso esa misma noche, de no haber mediado el destino en mi tarde libre con el suyo y su gran berrinche. En todo caso, los dos habíamos llevado todo hasta el límite, ese punto de la siguiente realidad que no podemos conocer de antemano.


III

Con un profundo suspiro, que ante la luz pretendía alejar del todo aquel último embrujo del sueño, Juliana Meli comenzó a olvidar trozos completos de su aventura onírica, y por fin abrió los ojos. Al otro lado de su cama contempló a su esposo, su héroe desde hacía tanto tiempo, durmiendo aun plácidamente pues el banco ya no abría los sábados. Pensó que estaba algo más delgado que seis meses atrás, y que ya se acercaba el momento de su jubilación, cuando ambos decidirían muchas cosas de las que dependía su futuro.

Era muy probable que Gonzalo estuviera soñando con la estratagema financiera que finalmente los hiciera ricos...

JOSÉ IGNACIO RESTREPO 
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